Buscando Espontaneidad

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lunes, 4 de junio de 2012

La Misma


Dicen que tú ya no eres la misma,
Que ahora te dedicas a dar todo por nada,
Dicen que tú ya no coses sonrisas
Y desde aquí parece que tuvieras un hueco en el alma.

miércoles, 30 de mayo de 2012

De perfumes y canciones


Yo sé que algunas cosas nunca pueden dejar de pertenecerle a las mujeres que alguna vez he amado; por ejemplo su perfume o sus canciones. Y es que cómo poder permitirle a Valeria que huela igual que Lorena, cuando sólo Lorena tenía (o podía tener) ese olor a vainilla. Cómo dejar de pensar en Claudia, aunque ya no la amo, cuando entrando al local de un banco, una mujer pasa llevando su perfume. Les juro que es como sentirme arrancado hacia atrás por una mano, que en una ráfaga de segundo me lleva hacia el pasado, hasta el primer día en que su pequeño olor se clavó por siempre en mi nariz. Es como si esa fragancia le haya dejado de pertenecer a Ralph Lauren o a Yves Saint Laurent para identificar por siempre sólo a ella. Debo aceptar que ahora, cuando siento que hace mucho que no veo a Claudia, pienso si seguirá oliendo igual, y me gusta sentarme en un sillón, cerrar los ojos e imaginarme a los dos de nuevo bailando, con nuestras cabezas unidas como dos siameses felices de estar así, respirando el bendito componente con el crearon ese perfume, seguramente, en algún lugar de París. No puedo negar que el recuerdo de ese olor es como una burbuja en mi cabeza, un espacio de aire encapsulado que todavía conserva un poco de lo que sentía por Claudia, al menos el recuerdo del sentimiento (que tiende a saber mejor que el sentimiento mismo).

Algo parecido me sucede con las canciones. Y tú sabes, ¡son cinco minutos de melodía que embalsaman mujeres! ¡Es increíble! Cada canción captura un momento, una persona. No importa si terminamos mal, o si ella está con otro chico, o quién sabe. Cada vez que suena una línea de una canción que era de Lorena o de Claudia, vuelvo –al menos por un instante– a sentir todo de nuevo, pero ahora somos el espacio vacío y yo, mirándonos como antes lo hacíamos los dos.

Hoy que les cuento todo esto, me pregunto si yo también soy un olor para ellas, si ellas también se acuerdan de mí por alguna canción. Seguramente que sí, seguramente…

jueves, 17 de mayo de 2012

El Elefante


Ella cierra la puerta al salir y te deja solo en la habitación con esa noticia que parece un elefante en enfrente de tu cama. Tú sigues sentado allí, sobre las sábanas tendidas que huelen a lavanda y con las manos apoyadas sobre el suave colchón. Te pones de pie y escuchas que todavía personas discuten detrás de la puerta. Te acercas a la mesa de noche y ves tu propio reflejo en el espejo. En él, luces gris y desencajado, los parpados inflamados y la boca semi-abierta, como un tragaluz de tu corazón. El cajón del lado derecho de la mesa de noche aparece en la sala a medida que tú lo abres. Adentro espera quieto el revólver que alguna vez fue de tu padre, y a su lado una caja con doce balas. Cargas el arma y cierras el taburete de acero. Los vellos de tu mano caliente que sostiene el frío revólver se encrespan mientras unes la pistola contra tu sien. Luego de unos segundos los papeles se invierten; el elefante en medio de la habitación cae tendido sobre el suelo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

¿Quién soy?


¿Quién soy? ¿El constructor o lo construido?
¿Los dos, o un poco de ambos?
No sé. En serio no lo sé.

¿Y qué ven los demás de mí?
¿Al artista o a la pintura?
¿Al creador o a lo creado?
Sartre me dirá seguro que soy lo que hago,
Que-soy-lo-que-hago.

Entonces, seré para todos la pintura que pinte,
El edificio que construya,
El avioncito de papel que mis manos arrojen al viento.
Nadie conocerá la mano que lo empuje,
Los brazos que lo labren,
Los ojos que lo miren alejarse,  
Todo yo me quedaré quieto, viéndome a mí mismo alejarme.

jueves, 19 de abril de 2012

El último helado


Debo confesar que siempre me ha encantado que mi papá me lleve a la heladería D’Onofrio; esa que queda en frente del parque Kennedy, en Miraflores. Realmente lo disfruto por dos motivos: el primero es que me encantan los helados y el segundo, es que muy pocas veces veo a mi papá durante la semana porque llega muy tarde, más o menos cuando mi mamá ya está diciendo “chicos, a dormir”. Y no sé por qué pero, a pesar que veo más a mi mamá, siento que tengo una conexión especial con mi papá, quizás será porque nos gusta hacer muchas cosas juntos y porque él parece disfrutar de lo que yo también disfruto. Pero el otro día ocurrió una cosa muy rara, y ya han pasado casi siete días desde entonces y hasta ahora mi papá no me ha llevado de nuevo a la heladería y…bueno, mejor les cuento todo.

El sábado por la tarde, como ocurre casi todos las semanas, mi papá me preguntó si quería ir con él a la heladería. Yo acepté y me paré de la cama de un salto. Mientras corría a la puerta de la casa mi mamá me perseguía para ponerme la casaca. “Hijito, no te vas a enfermar, ponte tu casaca” –me decía justo cuando mis brazos entraban en cada manga. “Ya mami, chau” –le dije al abrir la puerta de la casa y luego la puerta del carro. Me senté en el asiento del copiloto y esperé a mi papá. Luego de cinco minutos ya estábamos los dos sentados en la heladería y mi papá levantaba el dedo índice para ordenar. Siempre me daba risa verlo hacer eso porque se parecía a mí cuando tengo que levantar la mano en clase para ir al baño. A veces me daba ganas de decirle a mi papá, “Sí papito, puedes ir al baño, pero no te olvides de tu pase”.

Cuando yo me tomaba un Banana Split y mi papá una simple Copa D’Onofrio, una señora entró por la puerta con los ojos llorosos y se dirigió hasta mi mesa. Se sentó enfrente de nosotros y nos miró sin decir nada. Yo volteé la cabeza para ver a mi padre y él justo giró para verme a mí. Parecía muy asustado y, si bien abrió la boca, no dijo nada. Luego los dos volvimos las cabezas para ver a la señora que, muy acongojada, parecía ver más a mi papá que a mí. Luego se sentó al costado de él y le empezó a hablar al oído. Mi papi parecía incómodo, y quizás estaba bien que se sintiera así porque todos en el lugar nos miraban. Entonces, la tomó del brazo con una mano y se puso de pie. La jaló hasta la puerta del local y empezó a hablarle en voz muy baja pero con los ojos enfurecidos, como cuando me reprende a mí; claro que conmigo sí habla muy fuerte.

Pasaron cinco minutos desde que mi papá salió a conversar con la señora que se sentó en nuestra mesa y, si bien yo ya había terminado mi Banana Split, la copa de mi papá se había derretido por completo. “Hijito, ¿tu papá va a volver?” –me preguntó el señor que nos atendía. “Creo que sí, sólo está afuera conversando”. Mientras terminaba de hablar, mi papá entró de nuevo a la heladería, aunque parecía no estar muy bien. Me miraba como cuando mi perrito Fox murió.

–Papi, ¿está todo bien? –le pregunté.

–Sí hijito. Todo bien.

–¿Y esa señora?

–Una amiga de la infancia. Estaba muy triste porque se acababa de enterar de una noticia muy fea y necesitaba hablar con alguien. No te preocupes hijito. Más bien, vamos a la casa.

–Ya papi.

Salimos de la heladería y el señor que nos atendía agradeció la propina que mi papá dejó sobre la mesa. Cuando llegamos a la casa mi mamá no nos salió a recibir como normalmente lo hacía y antes de bajar del carro mi papá me volvió a ver como cuando mi perro murió. No me dijo nada, y nada malo había pasado, pero no sé por qué yo tenía muchas ganas de llorar. Salí del carro y corrí a buscar a mi mamá. Detrás dejaba a mi padre y al sonido del motor del auto que aún no se apagaba. Cuando entré a la sala no había nadie y nadie tampoco en la cocina. Subí al cuarto de mis papás pero tampoco estaba ella ahí. Sin embargo, escuché que alguien hacía unos sonidos desde el baño y me acerqué a la puerta.

–¿Mamá?

–¿Hijito? –dijo mi mamá como con dificultad.

–¿Estás bien?

–Sí hijito. Muy bien. ¿Puedes llamar a tu papá, por favor?

–Sí mamá. ¡Papi! –grité. ¡Te llama mi mamá! –.

Es difícil describir lo que pasó después, porque tampoco lo entiendo muy bien yo. Mi papá se acercó hasta la puerta del baño como si fuera a saltar de un barco, y me pidió que me fuera justo cuando tomaba con una mano la perilla dorada. Yo le hice caso y salí a buscar mi pelota de fútbol. Estuve un rato pateando el balón contra la pared, imaginándome jugar en la “U” de delantero y anotando ese gol al último minuto contra Alianza. Pero luego sentí que ya había pasado mucho rato y entré a la casa de nuevo. Justo en ese momento salía mi papá de la casa con una mochila encima de la espalda. Al verme, me dijo que me quería mucho y se mordió los labios; parecía que quería llorar cuando me daba un beso en la frente y me abrazaba como sólo lo hace en mi cumpleaños o en Navidad.

Lo vi salir con el carro por el garaje y no sé por qué no se me ocurrió preguntarle a dónde iba. De nuevo me dieron ganas de llorar y subí a buscar a mi mamá. La quería abrazar para sentirme mejor, pero cuando entré a su cuarto ella seguía en el baño y se seguía escuchando un murmullo extraño. No sé por qué tampoco le pedí que saliera del baño, no le dije que la necesitaba. Sólo me fui a mi cuarto y me eché boca abajo sobre la almohada y empecé a llorar, les juro que sin saber de qué. Desde ese día no he vuelto a ir a la heladería, mi mamá pasa mucho rato en el baño y no he vuelto a ver a mi papá.

lunes, 2 de abril de 2012

Ajustando Cuentas


 
Tocaron a la puerta cuando Mauricio y yo mirábamos la televisión sentados en la sala del departamento. Mauricio primero miró extrañado la puerta de madera que acababa de sonar y luego me vio a mí como diciendo ''¿quién será a esta hora?''. Se paró del sofá y se acercó hacia la puerta. Tomó la perilla para abrirla pero pareció arrepentirse de lo que estaba a punto de hacer. Yo también me puse de pie y me acerqué junto con él al recibidor de la casa. Él revolvió las cosas desordenadas que se habían dejado sobre la mesa de vidrio. Se detuvo cuando por fin encontró su pistola escondida debajo de unos periódicos viejos. La rastrilló y la escondió con una de sus manos detrás de su cintura. Volvió hasta la puerta y la abrió lentamente. Yo me acerqué cuando la puerta se abría y encontré en el pasillo a un hombre alto y de poco pelo con un saco negro y largo. Olía mucho a tabaco y todo él estaba lleno de pelos de perro. Mauricio lo miró y le preguntó ''¿qué haces acá?''.

–Vengo a que me pagues.

–No tengo nada ahorita –le respondió y empuñó con más fuerzas el arma que llevaba detrás suyo.

–No bromees con eso Magucho. Ya esperé bastante por ese dinero y quiero que me lo pagues hoy día. Sabes que a mí no me gustan las tonterías.

–Pero no puedes venir aquí a las dos de la mañana y esperar que tenga el dinero, Pepe. Déjame hasta mañana al menos –le dijo Mauricio ante mi atenta mirada desde la mesa que se sentaba frente a la puerta donde conversaban.

-¿Mañana no? –le preguntó el señor de saco oscuro y cara redonda.

-Sí, por favor. Mañana.

El hombre sonrió mirando a Mauricio a los ojos, y le dijo ''hasta mañana entonces''. Mauricio parecía que volvía a respirar aliviado cuando se volteó hacia mí. Yo me quise acercar a él pero justo mientras cruzaba el recibidor ambos escuchamos como la voz del mismo señor de bigotes oscuros le decía a alguien ''encárguense, que el pendejo no quiere pagar y mañana sale de viaje''. Los ojos de Mauricio se encendieron como faros de un auto y no alcanzó a empuñar nuevamente su revólver cuando tres hombres armados entraron por la puerta del departamento.

Los hombres no hicieron ningún sonido y sólo volvieron a enfundar sus pistolas cuando Mauricio estaba en el suelo, con la cabeza hacia abajo y con un lago de sangre que iba creciendo. Se retiraron por la misma puerta por la que entraron y justo antes de cerrarla uno de ellos me miró y sonrío. Con su dedo índice me hizo un gesto de que guardara silencio, guiñó uno de sus ojos y luego su rostro se perdió por la madera que nos dejó a Mauricio y a mí solos en el departamento. Yo me acerqué a Mauricio y di vueltas alrededor de su cuerpo tendido. Lo quise voltear o tomar el pulso para ver si todavía vivía pero no se podía. Me quedé allí, echado a su lado, intentando limpiar con mi lengua el desastre que habían hecho los hombres del señor de saco negro.

viernes, 23 de marzo de 2012

En la aurora Serrana



El frío de la espesa neblina que asomaba en la alborada serrana le entraba por la piel y por los huesos hasta llegarle al mismísimo tuétano; ella titiritaba de frío sin poder frotarse los brazos para darse un poco de calor. El perfume del césped que alfombraba todo el paisaje y el ladrido de unos perros que parecían asomarse la cobijaba a medida que ella abría y cerraba los ojos, una y otra vez, como quedándose dormida.

–Creo que el chofer se está quedando dormido comadre. –le dijo Venancio a Carlota.
–Ay compadre, no bromee con eso.
–No estoy bromeando comadre. –le dijo mientras veía al chofer haciéndole reverencias al parabrisas con la cabeza.
–Compadre, vaya a despertarlo por favor. Dele esta cancha para que se levante. –Carlota abrió su bolsa de lana turquesa que llevaba encima de las piernas y sacó unos cuantos maíces marrones que puso en la palma abierta de la mano de Venancio. Este cerró la mano y se paró de su asiento para ir hasta donde el chofer.

Carlota pudo ver como Venancio se acercó al chofer del bus y con una mano le tocó el hombro para llamar su atención. El chofer reaccionó un poco exaltado y giró para ver quién lo interrumpía, luego puso atención al camino y le increpó fuertemente ''¿qué sucede?". Desde donde Carlota se sentaba no podía escuchar muy bien lo que Venancio respondía, pero se veía gentil y hacendoso mientras movía los brazos y le enseñaba la cancha que llevaba en las manos. El conductor pareció sonreír por la invitación que le hiciera llegar Carlota a través de Venancio y tomó los maíces tostados con la mano derecha. Luego, le indicó con la cabeza que volviera a su asiento y Venancio tuvo que aceptar tal sugerencia. Se fue tocándole el hombro al conductor mientras pensaba ''Virgencita mía, por favor no permitas que este sonso se duerma''.

Venancio caminó nuevamente hasta su asiento y vio a Carlota que con la mirada le pedía con urgencia que le contara cómo se encontraba el chofer. Ella le invitó un poco más de cancha que llevaba en el bolso y, mientras Venancio mascaba el maíz que le había tocado quemado, le explicó que si bien tenía los ojos un poco rojos y parecía cansado, creía que no habrían problemas porque faltaba poco por llegar a Huamachuco y su conversación seguro lo mantendría despierto en lo que quedaba de camino.

–Además comadre, ya está amaneciendo y con el sol, usted sabe, es más difícil que se duerma.

Carlota se frotó el pecho con una mano y quiso pensar que su compadre tenía razón. Cambió la mirada hacia donde estaba el chofer conduciendo el bus y pudo ver como él se distraía mirando la palma de su mano donde tenía todavía la cancha. Como la realidad cuando interrumpe un sueño, distinguió a través del parabrisas las luces traseras de otro ómnibus, luego escuchó un estruendoso sonido y el grito de Venancio confundido entre otros gritos de personas; ''¡comadre!''.

Boca abajo y sobre el césped que decoraba la aurora de la Sierra, Carlota podía ver su bolso destrozado y la cancha regada por todos lados. El frío parecía arderle y era incapaz de moverse. Sus pupilas en cambio sí corrían de arriba abajo, en ese universo finito de ojos que tenía, buscando a su compadre Venancio. Pero no lo encontraba y sus ojos se iban cerrando y abriendo, una y otra vez, hasta que en una de esas oscilaciones, caprichosamente, se detuvo.